[Así que así se sentían las mariposas en el estómago. Que curioso. Nunca quise sentirlo.]
Ese domingo había ido a ver a mis padres al cementerio. Había comprado flores amarillas antes en la tienda del padre de una compañera de curso, Sara Parker. Era bastante simpática y una vez la besé. Había estado enamorada de mí toda su vida y quise sentir algo. Pero no me dió nada, ni mariposas en el estómago, ni chispas, ni mejillas ruborizadas, ni siquiera la quería. Era una persona bonita por afuera pero nunca la conocí por dentro. Solo probé sus labios. Los rizos de su pelo pelirrojo me gustaban pero sus pecas la hacían lucir menor. No me importaba. Me dejaba en descuento las flores y por eso le compraba. Eran nuestras únicas conversaciones. Hola, dame las flores amarillas. Por supuesto. ¿Cuánto cuestan? $2000 pero te las dejo en $1000. Ok, las llevo. Eso era todo. Nunca conocí a muchas personas.
Hacía tiempo que Harry no había querido acompañarme a ver a nuestros padres. Me prestaba el auto y yo iba solo. Iba con el poco optimismo que me quedaba después de sus muertes. Sentía que eso les agradaba. Quería que sintieran que no estaban solos, que no estaban perdidos como yo. Les había leido una oración que había sacado de un libro de poemas. Les leía una diferente todos los domingos desde los diez años. Sabía que me escuchaban. Esa era mi felicidad, complacerlos. Siempre había complacido a quien lo necesitaba. O quizás yo lo necesitaba. Quizá por eso había besado a Sara. No lo sé. Quizá estaba ebrio. No sé a quien más habré besado. No me acuerdo. Y no me importa.
Pensé un poco frente a sus tumbas. Los extrañaba demasiado. Contarle a mi madre que por fin me había interesado en una chica o pedirle consejos a mi padre hubiera sido lo mejor. Lástima que nunca pude hacerlo. Me lamenté a mi mismo y recorrí el jardín de tumbas. Estaba abandonando el lugar por la puerta de entrada cuando no ví a nada menos que a ella. Sí, ella. Blake. Y su sonrisa, y sus ojos y su pelo. Me hice el distraído y mire la hora. 16:16. Que curioso. Pero lo más curioso es que al pasarla de largo me había tomado del hombro. Me había detenido y puesto mi cuerpo mirando hacia el de ella. Fue un giro mágico. Su pelo había atravesado mis expectativas al voltear y chocar con el viento que llegaba de la puerta recién abierta. Ella la había cerrado y me había sonreído curiosa.
-¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿No me vas a saludar? -sus ojos abrieron un oceáno que esperaba ver cada vez que los abriera. No me acuerdo si eso dijo. Fue algo parecido. Estaba concentrado en su belleza. Y tartamudié.
-Hola, lo siento, no te ví.
Mentira.
-Vine a ver a mis padres. -tuve que admitir con cara de pocos amigos.
-¿Ellos trabajan acá? -me dijo contenta.
-No. -no sabía que más decirle, me había pillado en mis palabras. Era demasiado hermosa como para concentrarme. Creo que entendió mi cortante "no" y me miró con cara de pocos amigos. Hasta así se veía hermosa. Sus cejas se fruncían perfectamente y sus labios se estiraban con delicadeza hacia abajo. Todavía me sorprende lo detallista que soy.
-Lo siento. -aún con pena me pareció ver una sonrisa aparecer en su rostro. No me acuerdo. Pensaba en mis padres y observaba sus ojos, o tal-vez el océano pacífico, o el caribe.
-Mi padre está aquí también. -Ok, ahora tenía miedo. Compartía mi dolor. No muchas personas que he conocido habían sufrido igual que yo. Todos tenían una familia perfecta. Desaprovechaban a sus padres peleando con ellos y nadie me entendía. Pareciera que ella sí, pero no estaba seguro.
-Lo siento también. -dije, al decirlo me arrepentí. Había sonido tonto creo yo. Nose porqué, no me acuerdo, otra vez tenía toda mi concentración en ella. Me había sonreido, y luego cambiado el tema. Este tema me había gustado.
-Me acompañarías? Creo que te necesito.
Creo que lucí desesperado, los nervios me comían las cuerdas vocales. Mi "sí" había sonado a penitas. Me necesitaba. O tal vez solo lo decía. No me importaban. Sus labios habían dicho esas palabras, su suave voz me las había dicho, ella me las había dicho.
Caminamos de vuelta y noté que la tumba de su padre no se encontraba tan lejos de la de mis padres. Me lamenté no haberme dado cuenta antes. Ella se había hincado en frente de la tumba y pensado un rato, luego se había sentado como indio. Sus ondas rubias tocaban el pasto, y me dieron ganas de tocarlas. Seguramente serían suaves. Así que me senté con ella. Miraba al piso con cara de pocos amigos.
-Lo extraño. -confesó. Era sorprendente la información que me había dado después de haberme visto tan solo una vez. Que la acompañara, que me necesitaba, que me confesaba uno de sus lamentos. Yo nunca fuí así. Quizá por eso me gusto tanto ella. Creo que le había dado pena. Y aproveché el momento. La abracé por atrás y pude acariciar su pelo un rato. No me concentré tanto en ella si no en su dolor. Ella, me entendía. Solo ella lo hacía, y solo ella quería que lo hiciera.
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